05/10/05
Un dulce y amargo chocolate
Era verano, la tarde caía y la tibieza del aire llenaba por completo mis pulmones, la ciudad se calmaba luego de un ajetreado día de trabajo y nosotros estábamos sentados en aquella banca verde junto a uno de los muchos árboles de aquélla plaza. Comíamos chocolates, eran pequeños y dulces, pero por sobre todo dulces...
Conversamos y divagamos mucho, recuerdo que hablamos de tantas cosas que ahora no recuerdo ninguna, fue todo tan rápido, mágico y perecedero que no recuerdo nada, solo recuerdo que pasó y que tú estabas a mi lado. La gente pasaba enfrente de nosotros e inconscientemente se nos quedaban mirando, todos nos vieron pero nadie reparaba en nosotros. Era como si estuviésemos en una vitrina, ya que todos miraban y nadie “tocaba” lo que había al otro lado de ella. Las personas pasaban, las palabras afloraban, las risas y las miradas se confundían en la inmediatez, que no permitía capturar nada... Luchaba y luchaba por guardar algo, algún recuerdo, alguna sonrisa, algo, lo que fuera, pero fue imposible, solamente fue un gran y finito momento. Hoy, quiero recordar pero no puedo, solo recuerdo todo y nada a la vez, creo verte, pero no recuerdo tu rostro; ensalzó el momento y “lo que pasó”, pero de ti no recuerdo nada, solo recuerdo, la calidez de tus labios que se mezclaba con la tibieza del aire estival, y es allí donde no sé cuando terminaba tu calidez y donde comenzaba la tibieza del día, es allí donde no sé diferenciar lo uno de lo otro, es allí donde no sé que en realidad sucedió y qué en realidad nunca aconteció...
Luego de comer esos chocolates, caminamos, no se por cuánto, ni por dónde, solo sé que llegamos a aquella esquina, estábamos bajo un añoso, pero pequeño castaño de raíces visibles y rugosas, fuertes y asquerosas, que luchaban por abrirse paso por entre el cemento. Estábamos de pie, frente a frente, tomé tus manos ¿y te besé?, en realidad no lo sé, por que la humedad de “tus labios” se confundió con la tenue lluvia estival que caía sobre nuestras cabezas, esa lluvia que humedece todo y en donde todo adquiere ese aroma, sí exacto, ese aroma indescriptible de tierra húmeda, de cemento recién mojado y de calor refrescante... Todo voló, todo pasó y recuerdo que corrimos, al parecer te llevaba de la mano y seguíamos corriendo, ninguno de los dos sabíamos a donde, pero seguíamos corriendo, hasta que llegamos a una esquina, un automóvil se detuvo, tu besaste mis labios y te fuiste. Miré como el vehículo se alejaba y me quedé allí por un momento, o quizás por una hora, no lo sé con certeza, lo que sé es que la lluvia se hizo más fuerte y luego caminé por un largo rato...
El agua corría por mi rostro, la ropa se había adherido a mi cuerpo, era como mi segunda piel y mis pasos cada vez eran más y más casinos... Recuerdo que volví a la misma banca verde y me senté... Miré a mi alrededor y no había nadie, todo estaba apagado y sombrío, estaba solo, y al introducir mi mano en mi bolsillo, había un pequeño sobre blanco de chocolates, completamente empapado y en donde quedaba un solo chocolate, lo tomé, lo miré, y me lo comí... Fue el chocolate más amargo que he probado en mi vida, la amargura se pegó en mi paladar, recorrió mi garganta y lleno mi estómago... En ese instante todo se derrumbó... Y lloré con la misma amargura del chocolate... Ahí es donde desperté en mi cama, con la misma amargura en mi garganta y en mi llanto... Por que aún no sé si eso aconteció o solo es el mismo sueño recurrente que asocio a lo que nunca tuve, ni voy a tener... A ti (*)...
(*) Posdata, A ti, Felice.
13:00 Anotado en 4. Cuentos (Segunda edición) | Permalink | Comentarios (0) | Enviar a Email
27/09/05
Una divagación fundamental
Era un día normal, demasiado normal, la gente deambulaba tranquilamente por la ciudad y yo la esperaba. No hacia mucho tiempo que había llegado al lugar convenido con la firme intención de decirle toda la verdad... era preciso hacerlo, no quedaba otro remedio, el asunto había avanzado demasiado y había que ponerle atajo en seguida, y así, no lo hice. En realidad nunca pensé en decirle nada, pero ahora quiero creer que en ese instante poseía esa convicción, al igual como ahora que deseo convencerme de una decisión, que al final nunca tomaré.
Pienso en que ya no hay vuelta atrás, ya me he convencido de que no tengo convencimiento, ni fuerza de voluntad, sé que no hago lo correcto y que eso es perjudicial, especialmente para ella, pero a la vez me convenzo de que no hay otra opción y si la hay no la quiero ver, a pesar de que deambula incesantemente por mi mente. La notoriedad de que la contracción envuelve todos los ámbitos de mis sentimientos, es algo de cual me he convencido últimamente. Esa contradicción se hace flagrante cuando mis pensamientos se vinculan a ella; al no tenerla cerca la amo y vive dentro de mi mente plácidamente, como un hermoso recuerdo y aliento, pero al verla u oír su voz, la odio por que en ese instante ella deja de vivir en mi mente y se materializa; el sueño, se transforma en absurda realidad.
Son muchos dos para una relación, no se necesitan dos para una relación, así no se construye sino la angustia. Sí, estas en lo correcto somos muchos, pero nadie sobra, lo único que quisiera es estar echado a tus pies (siempre), no, no quiero estar a tu lado sino dentro tuyo, pero que tú no lo sepas, ni lo sientas, sino que solamente creas que eres feliz por que tu realidad se hizo más onírica y menos consiente, pero mucho más llevadera...
Te quiero fuera de mi vida, pero dentro de mi, creer que es posible vivir sin tenerte al lado, pero poder vivir teniéndote en mi mente. Saber que estás conmigo, pero que vives muy lejos de mi... En realidad, nunca existió ella, solamente existió un yo que deseaba profundamente no desear...
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